Historia del quechua y del aymara y la situación sociolingüística actual

escrito por Vlastimil Rataj
Las historias del quechua y del aymara están relacionadas y no se puede entender la historia del quechua sin entender la del aymara. Por eso se tratarán ambas lenguas conjuntamente.
La época pre-conquista
El territorio original del proto-quechua se encontraba en la sierra central del Perú más la franja costera aledaña, cerca de la capital actual, la zona donde se da la mayor diversificación del quechua (los dialectos Q I). Allí se hallaba el centro religioso y económico del horizonte temprano (Chavín, 900–200 a. C.), y durante esta época se habría difundido la protolengua como vehículo de comercio. A principios de nuestra era se da una primera separación de las ramas Quechua I y Quechua II.
La región del proto-aymara se extendía al sur de la cuna del quechua, probablemente en la costa y sierra entre Nasca e Ica, y la diversificación entre el aymara y el jaqaru se habría producido hacia el siglo VI d. C., cuando el aymara ya había penetrado la sierra ayacuchana.
En los siguientes siglos, que coinciden con el horizonte medio (hasta el siglo IX o X), se produce otra fase de la expansión de ambas lenguas, la cual puede correlacionarse con la acción cultural de las culturas Wari y/o Tíwanaku. El aymara se extiende, como lengua estatal de Wari (que se ubicaba en la zona de Ayacucho), por toda la sierra sur-peruana hasta la zona de Cusco. En la zona del lago Titicaca se hablaba al norte el hoy extinguido puquina (centro ceremonial de Pucará) y al sur alguna lengua de la familia uru-chipaya (Tíwanaku). Parece que el aymara penetró en esta región ya en esta época, coexistiendo las tres lenguas.
La expansión del quechua en esta época corresponde solamente al conjunto Q II Wampuy. El quechua empezó a penetrar hacia la sierra y costa norteñas y hacia la costa sur, desarrollándose en el norte bajo la forma Q II A Yungay y en el sur bajo la forma Chinchay (Q II B-C).
La fase mayor de la expansión del grupo Chinchay se produjo desde el siglo XII o XIII hasta la llegada de los españoles. Tras la caída de Tíwanaku-Wari y de Pachacámac (al sur de Lima), el señorío de Chincha se convierte en un poderoso centro mercantil, y el Quechua Chinchay expande, por diversas vías marítimas y terrestres, hacia el norte (norte del Perú, Ecuador; Q II B) y hacia el sur (Ayacucho, Cusco, Bolivia, Argentina, Chile; Q II C). En el sur, el quechua coexistía con el aymara o se convertían estas zonas en quechuahablantes.
El imperio incaico, en el último siglo de su expansión, asumió las variedades Chinchay como lengua de su administración. Durante las conquistas de los incas Pachakuti (mitad del sg. XV; el altiplano y todo el norte peruano hasta el Ecuador), Tupaq Yupanki (finales del sg. XV; todo el sur, Argentina y Chile) y Wayna Qhapaq (principios del sg. XVI; algunas partes del Ecuador y de la selva peruana), el quechua fue consolidado en las áreas donde se hablaba y ganó nuevas áreas.
La variedad Chinchay, como lengua de prestigio proveniente de Cusco, influenció u ocasionalmente suplantó las variedades quechuas habladas en las áreas del dominio incaico o se convirtió en lingua franca en zonas donde no se hablaba quechua. Los hijos de los caciques de las áreas dominadas eran obligados a estudiar en la capital Cusco, y, por otra parte, grupos de habitantes de zonas dominadas anteriormente eran enviados a nuevas partes del imperio (los mitmaqkuna o mitimaes “colonos”). También se encontraban dispersos por el Tawantinsuyu los llamados yanakuna o “indios de servicio”.
La época colonial y republicana
En el siglo XVI, cuando llegaron los españoles, el Quechua Chinchay ya se encontraba dialectalizado y el aymara comprendía un área mucho más amplia que la actual, en muchos casos coexistiendo con el quechua, el puquina, el uru u otras lenguas, en áreas tan distantes como Huarochirí (Lima) y sureste de Bolivia.
La expansión del quechua, comenzada en la época incaica, continúa incluso durante la Colonia y se prolonga hasta la Independencia, y en algunas partes hasta más tarde, sobre todo hacia la selva ecuatoriana y en la zona de los aymarahablantes. Sin embargo, tales extensiones fueron de las variedades regionales ya anteriormente instaladas en las zonas, debido al aislamiento y pocos contactos de estas áreas.
El instrumento de la difusión de la lengua general fue sobre todo la mita, trabajo obligatorio en las minas, particularmente en las de Potosí, y la concentración de los indios en las ciudades. En estos lugares se encontraban grupos de hablantes de diversas lenguas y tenían que usar una lengua común – el quechua – como lingua franca, convirtiéndose ésta posteriormente en su lengua nativa. También la cristianización ejerció su influencia en la generalización del quechua. En esta lengua y en aymara se enseñaban la doctrina y el catecismo, y los doctrineros estaban obligados a aprender dichas lenguas. De aquí surge la necesidad de disponer de gramáticas y vocabularios del quechua y del aymara, que se iban publicando desde los tiempos relativamente tempranos.
Los mismos españoles empezaron a adoptar el quechua para comunicarse con los hablantes de diversas lenguas vernáculas, y los criollos, por lo menos en el sur, tenían el quechua o el aymara como su lengua materna o aprendían uno de los idiomas al mismo tiempo que el español.
El quechua fue privilegiado por los invasores en preferencia a las otras lenguas indígenas. Sin embargo, también el aymara y el puquina sirvieron como lingua franca. Mientras que el puquina se extinguió en el siglo XVIII, las dos otras lenguas sobrevivieron con vigor, pero el aymara a costa de reducir notablemente sus fronteras frente al quechua, concentrándose en el antiguo Qullasuyu (el altiplano boliviano). Esta reducción se debía al mayor status del quechua primero en el incanario y después incluso a través de la labor misionera.
El uso del quechua y del aymara fue fortalecido también por el dualismo lingüístico, mantenido en este tiempo:
“La política lingüística colonial oficialmente pedía la castellanización pero en la práctica fomentaba el dualismo lingüístico entre los criollos castellanos dominantes y los indios, porque resultaba más fácil mantener oprimidos a estos últimos, si se les mantenía en su lengua y cultura. Ello ayudó también a la vitalidad del aymara hasta el día de hoy.” (Cárdenas, Víctor Hugo – Albó, Javier: “El aymara”. En Pottier, Bernard (ed.): América Latina en sus lenguas indígenas. Caracas: UNESCO/Monte Ávila, 1983, p. 284.)
La situación cambió algo después de la rebelión de Túpac Amaru (1780–81). El quechua fue prohibido y fueron cerrados los departamentos de las universidades y de los conventos en los que se enseñaba el quechua; la tradición de estudiar el quechua y el aymara cesó. La Independencia no conllevó ningún cambio en la situación de las lenguas vernáculas.
Durante el siglo XIX, el quechua perdió su papel de lingua franca. Ello se debía a la crisis de la minería, la fragmentación de la economía andina, la separación de los hablantes en varios países, menos circulación de la gente y contactos, y otras causas.
Hacia mediados del siglo XIX empezó la castellanización del interior andino. En la costa, el castellano se generalizó ya durante el siglo XVII, facilitado por la casi total despoblación de nativos locales (debido a las enfermedades y la mita en las minas). La castellanización implicó inicialmente la ampliación del bilingüismo, y luego la reducción de las áreas del quechua y otras lenguas indígenas. Mientras que la castellanización ocurrió de manera más pronta y completa en el interior de Argentina y Colombia, en las sierras del Perú, Ecuador y Bolivia fue más lenta y parcial.
Sin embargo, el quechua se mantenía presente en los Andes en forma vigorosa hasta el siglo XX, ya no como lingua franca, sino más bien como lengua local o vernácula, usándose también en las ciudades. Según un caso, a principios del siglo XX, la población urbana de Cusco estaba formada por dos terceras partes de monolingües quechuas y una tercera parte de bilingües quechua-castellanos. En aquella época, el hecho de hablar quechua no representaba, en sí mismo, ninguna marca de inferioridad social o cultural, especialmente por la razón de que la mayoría de la población no sabía hablar castellano. Sí lo fue, sin embargo, el de ser monolingüe, el de no hablar español.
La situación cambia a partir del año 1940. Debido a un desarrollo económico a principios del siglo, la población rural empieza a migrar a las ciudades, sobre todo a Lima. Los migrantes que llegan a las ciudades tienen que afrontar actitudes racistas, y como identifican su inferioridad social y cultural con su lengua, dejan de usarla y se convierten bilingües y, después de una o dos generaciones, monolingües en español. De este modo casi desapareció el quechua de la sierra peruana norteña.
Aunque en esta época el número total de quechuahablantes creció – de casi dos millones y medio en 1940 a cuatro millones en 1993 – la proporción de los monolingües quechuas en la población peruana descendió considerablemente. El número de peruanos monolingües quechuas decreció entre los años 1940 y 1972 de un 31 % a un 11 %, el número de bilingües se mantuvo en torno al 15 % del total nacional, y sumando los porcentajes de monolingües y bilingües, decreció el número de un 47 % a un 25 %. En el año 1993 había un porcentaje del 18 %, frente al 60 ó 70 % de quechuahablantes monolingües y bilingües hacia el año 1900.
En cuanto al aymara, el bilingüismo alcanza un 60 % en el Perú, un 40–50 % en Bolivia (siendo mucho mayores los porcentajes entre varones y jóvenes), y casi el 100 % en Chile. Casi siempre se trata de un bilingüismo subordinado; el español ha sido adquirido en la escuela o en el cuartel y el nivel de proficiencia en el español es muy bajo, lo que será válido también para el caso de los quechuahablantes. Las regiones más bilingües son, naturalmente, las ciudades y las regiones con más mercado. En cuanto a los monolingües, casi todos son analfabetos.
Hasta en el siglo XX se dan algunos cambios de las fronteras del aymara respecto al quechua (y español) y viceversa. El aymara: 1º avanza frente al quechua y otras lenguas selvícolas en la parte norte y noroeste del departamento de La Paz, debido al mayor prestigio social en el primer caso, y a nuevos programas de colonización en el segundo; 2º retrocede ante el quechua, que en este caso tiene mayor prestigio social, en el noroeste de Puno y en todo el sureste de Bolivia; y 3º cede ante el castellano en toda la franja oeste hacia la Costa, tanto en Chile como en el Perú, y en las ciudades (La Paz, Arequipa, Tacna, Puno, Oruro).
Encontramos también áreas en las que conviven ambas lenguas indígenas. Así, en zonas actualmente quechuas (valles de Cochabamba, Chuquisaca, Potosí) persisten bolsones aymaras; en el norte de La Paz y de Potosí existen franjas a lo largo de los ríos donde se habla en las alturas el aymara y en los valles el quechua (cf. qhiswa “valle templado”); y hay zonas trilingües aymara-quechua-castellano en el norte de Potosí, el este de Oruro, el norte de La Paz, y en las ciudades de Oruro y Puno. Para el último caso, Cárdenas y Albó ofrecen la siguiente explicación:
“En el distrito minero Oruro-Potosí la situación es más compleja, puesto que la principal mano de obra fueron inicialmente cochabambinos de habla quechua. Ahora estos centros mineros son enclaves quechua-castellanos en un mundo rural originariamente aymara. Allí la estratificación lingüística decrece en la secuencia castellano-quechua-aymara. Entonces abundan situaciones trilingües incluso dentro de la misma familia: la madre sólo habla aymara; el padre habla aymara y quechua; los hijos ya son trilingües aymara-quechua-castellano. El aymara es preferido en el hogar; el quechua, en transacciones con forasteros; y el castellano en la escuela o en ocasiones más formales con autoridades.” (Cárdenas, Víctor Hugo – Albó, Javier: “El aymara”. En Pottier, Bernard (ed.): América Latina en sus lenguas indígenas. Caracas: UNESCO/Monte Ávila, 1983, pp. 287–288.)
La época actual
Tanto el aymara como el quechua representan hoy, en algunas áreas, lenguas mayoritarias pero oprimidas. Son idiomas más hablados en estas zonas, pero están en un contacto desventajoso con el castellano, que es la lengua de las minorías dominantes tanto a nivel económico como político y que tiene mayor prestigio social y cultural. Esta situación determina las tendencias de bilingüismo: los hablantes monolingües de una lengua nativa se vuelven primero bilingües y más tarde, tal vez después de una o dos generaciones, monolingües en castellano.
En los bilingües, la selección de idioma sigue las reglas del prestigio. Respecto al aymara (lo que será válido también para el quechua), la lengua indígena está casi ausente en esferas técnicas y oficiales y casi no se escribe. Por otro lado, se usa bastante en la esfera familiar y de las actividades rurales y también en la religión popular tradicional, en el folklore y en el pequeño comercio.
En la segunda mitad del siglo pasado, ambas lenguas empezaron a ganar mayor vigencia en otras áreas, anteriormente desusadas, como son los medios de comunicación (la radio, la televisión; se han rodado varias películas en quechua y/o aymara), la religión de tipo oficial y en cierto grado en la política (desde la incorporación parcial del campesinado en la política nacional) y en la educación. Existe también literatura escrita en quechua y en aymara (ésta principalmente producida por escritores no-aymaras en el dialecto social q'ara); sin embargo, la mayoría de quechua y aymarahablantes no sabe escribir en su propio idioma, lo que se debe también a la falta de escrituras unificadas de las lenguas aborígenes.
El gobierno peruano dictó en 1975 una ley por la cual declaró al quechua lengua oficial del país y dispuso la enseñanza del quechua en todos los niveles educativos y su utilización en los procesos judiciales en que las partes litigantes son quechuahablantes, aprobó un alfabeto e hizo publicar gramáticas y diccionarios en varios dialectos. También el gobierno boliviano dictó en 1977 una ley por la cual declaró lenguas oficiales de Bolivia, además del castellano, al quechua y al aymara.
No obstante, como escribe César Itier (“Quechua, Aymara and Other Andean Languages: Historical, Linguistic and Socio-linguistic Aspects”. EnterText Summer 2003, vol. 2, no. 2, p. 163. http://www.brunel.ac.uk/faculty/arts/EnterText/2_2_pdfs/itier.pdf), “this law [la peruana de 1975] did not have much effect as the government fell, and also perhaps because there were not sufficient technical resources to implement Quechua as an official language”. También Cárdenas y Albó (“El aymara”. En Pottier, Bernard (ed.): América Latina en sus lenguas indígenas. Caracas: UNESCO/Monte Ávila, 1983, p. 290) desechan efecto alguno para estas leyes: “En cualquier evento tal oficialización (como en el caso del quechua) no es concebida en sentido estricto…, sino como un gesto simbólico de poca eficacia real fuera de algunas pequeñas concesiones en la educación y tal vez en el sistema legal o en alguna otra actividad oficial.”
Aunque a partir de los años 60 hay una obligación de tomar cursos del aymara (o del quechua) en varias carreras, las lenguas aborígenes continuaban ausentes en el sistema oficial de educación. Según informan Cárdenas y Albó (pp. 288–289) “la política oficial sigue siendo [en los años 80] la de enseñar sólo en castellano y de buscar un futuro monolingüismo castellano”. Podemos hacernos una idea sobre las causas de la educación en castellano según las palabras de José María Arguedas (“Reflexiones de José María Arguedas en 1963 acerca del bilingüismo en el Perú”. En Pottier, Bernard (ed.): América Latina en sus lenguas indígenas. Caracas: UNESCO/Monte Ávila, 1983, pp. 346–347.):
“Durante todo el período republicano se había impartido instrucción a los monolingües indígenas en un idioma para ellos extraño: el español. Los resultados de esta política fueron negativos.
La existencia de una vasta población monolingüe quechua y aymara puede ser considerada como un indicio muy sólido, no solamente de la pervivencia de una cultura quechua y aymara, sino de lo que bien podríamos denominar la continuidad de la cultura prehispánica, cualquiera sea el grado y la cuantía de las modificaciones que ésta haya sufrido.
La educación oficial ignoró este fenómeno. Empleaba un idioma ajeno no solamente para instruir sino para imponer creencias o modos de ser extraños. Como tal escuela no podía lograr ninguno de estos fines, el resultado consistió en la exacerbación del automenosprecio del nativo monolingüe por su propio idioma y el acrecentamiento del menosprecio tradicional del criollo por el monolingüe. … Y así, la escuela, en vez de convertirse en un medio unificador, integrador, estimulante de la población indígena, desempeñaba una función disgregante y deprimente, tanto por lo equivocado de sus métodos y fines como por su rutinarismo y bajo nivel.”
Tal parece que la situación podría mejorarse con los cambios legislativos ocurridos en la década de los 90, durante el gobierno de Alberto Fujimori. La Constitución Política del Perú, del 1993, en el artículo 48º, establece:
“Son idiomas oficiales el castellano y, en las zonas donde predominen, también lo son el quechua, el aimara y las demás lenguas aborígenes, según la ley.”
y en el artículo 17º:
“El Estado garantiza la erradicación del analfabetismo. Asimismo fomenta la educación bilingüe e intercultural, según las características de cada zona. Preserva las diversas manifestaciones culturales y lingüísticas del país. Promueve la integración nacional.”
Sin embargo, a pesar de este desarrollo en la política de la educación bilingüe, sus resultados no son todavía muy notables. En el año 2001, la educación bilingüe fue disponible solamente para unos 100 000 niños en todo el Perú. La cantidad de manuales en quechua, que dejó publicar el Estado y repartir gratuitamente entre los escolares, muestran graves deficiencias lingüísticas. Por razones políticas, los manuales fueron producidos en un plazo de tiempo demasiado corto y los autores no fueron capaces de preparar los textos en una calidad adecuada. Los manuales abundan en hispanismos en el quechua, además de muchos arcaísmos y neologismos, y hay problemas con la estandarización y semántica cultural, que no fueron tomados en cuenta. Como resultado, los maestros casi nunca usan estos libros porque resultan algo incomprensibles. Lo mismo habrá ocurrido con el aymara y probablemente con las lenguas amazónicas.
Según me han comentado varios maestros cusqueños, a partir del año 2009, en los colegios del departamento del Cusco, será obligatoria la enseñanza del quechua. Muchos de los jóvenes cusqueños que no hablan quechua dicen que les gustaría hablarlo, porque en algunos campos les brindaría mejores posibilidades de encontrar trabajo.
A pesar de todo ello, es difícil de predecir cuál será el futuro del quechua y del aymara, si terminarán por extinguirse o si se invierte el proceso de castellanización y desaparición de las lenguas vernáculas; los factores sociales a favor del español son, de hecho, fuertes. Sin embargo, en los últimos años va cambiando la situación, aumenta el número de quechua y aymarahablantes que proclaman su identidad, consideran la lengua como su patrimonio cultural y están defendiéndola y propagándola. Por lo tanto, hay esperanza...
Materiales utilizados:

  • “Reflexiones de José María Arguedas en 1963 acerca del bilingüismo en el Perú”. En Pottier, Bernard (ed.): América Latina en sus lenguas indígenas. Caracas: UNESCO/Monte Ávila, 1983, pp. 346–347.
  • Adelaar, Willem F. H.: “Raíces lingüísticas del quichua del Santiago del Estero”. In Actas de las Segundas Jornadas de la Lingüística Aborigen, 15 al 18 de noviembre de 1994, Universidad de Buenos Aires. http://usuarios.arnet.com.ar/yanasu/Adelaar.htm
  • Cárdenas, Víctor Hugo – Albó, Javier: “El aymara”. In Pottier, Bernard (ed.): América Latina en sus lenguas indígenas. Caracas: UNESCO/Monte Ávila, 1983, s. 283–291.
  • Constitución Política del Perú. http://tc.gob.pe/legconperu/constitucioncompleta.html
  • Heggarty, Paul: Quechua Language and Linguistics. http://www.quechua.org.uk a http://www.shef.ac.uk/q/quechua/i_HOME.HTM
  • Itier, César: “Quechua, Aymara and Other Andean Languages: Historical, Linguistic and Socio-linguistic Aspects”. EnterText Summer 2003, vol. 2, no. 2, s. 136–165. http://www.brunel.ac.uk /faculty/arts/EnterText/2_2_pdfs/itier.pdf
  • Parks, Roger: “The Historical-comparative Classification of Colombian Inga (Quechua)”. Kansas Working Papers of Linguistics, 15 (1990), 2, s. 73–99. https://kuscholarworks.ku.edu/dspace /bitstream/1808/439/1/ling.wp.v15.n2.paper5.pdf
  • Stark, Luisa R.: “Historia del quichua del Santiago del Estero”. In Klein – Stark (eds.): South American Indian Languages. Retrospect and Prospect. Austin, Texas UP, 1985. Traducción de ADILQ. http://usuarios.arnet.com.ar/yanasu/Starksp.html
  • Torero, Alfredo: “El comercio lejano y la difusión del quechua. El caso del Ecuador.” Revista Andina, 1984, 2/2, s. 367–389.
  • Torero, Alfredo: “La familia lingüística quechua”. In Pottier, Bernard (ed.): América Latina en sus lenguas indígenas. Caracas: UNESCO/Monte Ávila, 1983, s. 61–92.
  • Torero, Alfredo: “Lingüística e historia de los Andes del Perú y Bolivia”. In Escobar, A. (comp.): El reto del multilingüismo en el Perú. Lima, 1972, s. 47–106.


Centro de Estudios Ibero-Americanos, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Carolina de Praga
http://sias.ff.cuni.cz/       http://www.ff.cuni.cz/